I Los portazos resonaban siempre creando una especie de eco en el pasillo, haciendo retumbar las paredes y titilar las copas en el armario del salón. ¿Cuánta veces habría aguantado la respiración? Después un torrente salado, las lágrimas le cruzaban la cara hasta encharcar el suelo. II En un claro de bosque, bajo el ciruelo que el troll había zarandeado, se oían los gruñidos lascivos, mientras se relamía engullendo toda la fruta que le cabía en su enorme y redonda barriga. Después, con los labios rezumando almíbar, soltaba un enorme eructo que espantaba a los pocos pájaros que, tan curiosos como atentos, se habían quedado a observar. La abundancia del frutal era tal que, a pesar de tan incontrolado asalto, aún quedaban frutas maduras en las ramas, en el punto ideal para consumirlas. Brillaban sus hojas con la luz del sol, la luna, o los relámpagos en las gotas siempre brillaban. III Resplandecían las lágrimas que seguían cayendo, iluminadas por todas las lu...
Mis tesoros y la abuela Angelines
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