Hacia la nada y el todo

Las esquinas de la estancia se iban acercando conforme la expansión avanzaba. Sentía todos los átomos dilatándose y extendiéndose hacia todo a mi alrededor. 

Estaba volátil y segura de que, si se hubiese abierto aunque fuese una sola rendija de una ventana, iba a salir disgregada hacia fuera. 

Mi cuerpo estaba allí, lo podía ver desde el techo, casi en convulsión- pero paralizado. Respiraba agitado y tenía el corazón latiendo más fuerte y rápido de lo que acostumbraba. A lo largo del esternón, y hacia el estómago, se comprimían unas manos invisibles que transmitían una sensación de insuficiente oxígeno en los pulmones. Los pies tamborileaban de tanto en tanto, casi como tics nerviosos. 

La mente en blanco. No podía pensar nada, decir nada, ser nada. Parálisis.

Tierra, trágame.

Cuerpo, deshazte, y hazte parte de los coloides del suelo. 

Déjame ser todo lo posible desde la mínima expresión. 

Que de mí crezca la hierba, 

que se ponga verde, que me salgan flores, que maduren las semillas, que se siembren y germinen, que se seque la hierba. Que me coman los pájaros.

Que se vuelen las plumas, que se deshagan en plumón,

 que ya no sea nada más que materia en expansión.

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