Creando #1

-La casa está encantada, te lo estoy diciendo, ¿o crees que me lo invento? Si yo tampoco creo en cosas paranormales, pero te digo que oigo voces. No es cosa mía, Igor también lo nota y se pasa gruñendo toda la noche.

Juanjo no sabía comer con palillos, cortaba con cuchillo y pinchaba el sushi con tenedor. El arroz lo llenaba de salsa de soja y se le desmoronaba de camino a su enorme boca; nori quedaba apartada en el plato, no le gustaba.
 Odiaba que me invitase a comer a sitios caros, que si un mejicano, un indio, un japonés... "Este sitio es muy chic, Manuela, el cocinero es peruano auténtico, ya verás."; "han abierto un turco cerca del museo, está dando mucho que hablar en el panorama gastronómico, no sé si habrás oído algo, tú que entiendes de esto..." A Juanjo le gusta aparentar.

 -¡Pero qué dices, hombre! El perro extrañará la casa, lo mismo te pasará a ti, hasta que os acostumbréis. Las casas crujen, no es nada paranormal, son cosas de la física y los materiales.

Manuela siempre tan ingenua. Se lo estaba diciendo y yo no miento, ella lo sabe.


Era preciosa y elegante, pero muy testaruda. Yo, con afán de impresionarla y como sabía que ella disfrutaba mucho de la buena cocina, la llevaba a los sitios más caros y mejor valorados de la ciudad.
Sabía exactamente cómo comer cada plato y lo que caracterizaba a cada cocina, yo la dejaba elegir lo que tomábamos, y desde luego sabía cómo sorprenderme.

Aunque siempre he vivido aquí, poco a poco he ido mudándome a mejores zonas cada vez, por aquel entonces ya era mi tercera mudanza. Había comprado una casa en pleno centro, más grande y moderna. Le estaba contando a mi amiga todo lo que pasaba, podría no creerme, pero sabía que no iba a juzgarme por ello.
 A veces, recién despertado oía corretear a alguien por el pasillo, pero cuando me levantaba a comprobarlo no había nadie. Y por las noches alguien tarareaba bajito canciones de Silvio Rodríguez. ¡Qué más podía decirle! Hasta que no lo sintiese por sí misma no me iba a creer.

-Mira, Manuela, esta noche te vienes a casa. Y vas a ver que lo que te digo es verdad. Así, además, me dices qué te parece la cama de la habitación de invitados, la semana próxima viene mi madre y quiero saber qué tal es el colchón, no voy a dejar que duerma de cualquier manera.

Acepté la invitación, no era la primera vez que lo hacía, cada vez que Juanjo se mudaba me invitaba a pasar una noche en la habitación de invitados.
Esta vez me tenía realmente intrigada, él no es ese tipo de persona que cree en cosas sobrenaturales y mágicas y yo tenía curiosidad por saber si real o, lo más probable, ensoñaciones y pesadillas suyas. Nunca entendí que vendiese su anterior casa para comprarse una más grande si vivía solo y, a esas alturas, así seguiría siendo.


Quizás por la copa de coñac o el colchón, mejor que el que tengo en casa sin lugar a dudas, ese noche dormí genial y no escuché nada de lo que me había contado Juanjo: ni risitas por la noche, ni pisadas en el pasillo ni nada de nada.
Fue cuando me desperté, con el sol entrando por el balcón y calentando la mañana, que vi una figura en el tocador, como una muñeca.

Una personita se miraba al espejo y posaba con un vestidito blanco. Pensaba que estaba soñando, así que no tuve miedo en hablar con ella:

-Buenos días, ¿cómo te llamas?

- ¡¡Aaah!!

Y una pequeña nube de polvos de talco hizo que desapareciera.
 Pensé que me acababa de despertar.

Bajé a desayunar algo extrañada por lo que había pasado; Juanjo había hecho café.
Estaría sacando a Igor de paseo. Yo tenía que ir al estudio a trabajar, así que me tomé el café, y subí a vestirme. Escribí a mi anfritión al móvil, ya nos veríamos luego.

Fue al salir de la habitación cuando vi en el tocador una nota que decía:  

"Soy la señorita Chico."

No volví a verla, pero Juanjo me hablaba a menudo de Marta Chico, alguien que le dejaba cartas todos los domingos encima de la chimenea.

-La casa está encantada, Manuela, te lo digo.
 
Yo hago como si no lo creyese, aquella historia siempre me ha dado un poco de miedo.


 

Una casa encantada, una personita llamada Marta Chico y comida japonesa.

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