Vivir a la deriva...

Nuestra historia era como esas de las películas en las que no puedes evitar que se te escapen las lágrimas.
La trama estaba llena de idas y venidas, de problemas de fácil solución invisible para los protagonistas.

Nos queríamos con una intensidad que en la vida real no debe existir, la misma intensidad que nos hería cada vez que nos hacíamos daño.

Parecíamos aburridos, a veces, y nos gustaba jugar a tensar la cuerda una y otra vez, porque al destensarla una fuerza aparentemente infinita nos unía y nos fusionaba de nuevo. Solíamos pensar que la cuerda era irrompible, hasta que nuestro aburrimiento y nuestra enfermedad acabó por pudrirla y corromper hasta la última fibra; se rompió.

Se rompió, y los crujidos me invadieron el cuerpo y la mente, como la onda expansiva de una gran bomba.

Me arrepentí muchas veces de no haberlo sabido ver, de no haber cogido la cuerda, cuando aún estaba a tiempo, y haberle hecho un nudo margarita, que sirve precisamente para reforzar la cuerda que se está rompiendo. Quise unir los cabos de la cuerda rota con un rizo, pero ya no tenían el mismo grosor.

A veces me pregunto si hice bien en rendirme.
 Las cuerdas atan, es cierto, pero aseguran en las caidas. Ayudan a encontrar el camino de vuelta en los laberintos. Hay cuerdas capaces de mantener grandes buques atracados en buen puerto durante las peores tormentas.

A veces las cuerdas te salvan. No siempre.





Comentarios

  1. Las cuerdas no te dejan avanzar en el camino, sólo sirven para enredarse. No debe necesitarse ninguna cuerda para ser felíz, no debe reforzarse nada que no es lo suficientemente fuerte, no debe ser necesaria una cuerda para ser dos.

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