Abril de 2011.
Y
cuando empezó a llover, todo a mi alrededor empezó a burbujear con el
murmurar de lo que efervece.
Las piedras empezaron a deshacerse, el
suelo era ya una espuma blanca humeante de vapor; mis pies, que lo
pisaban, teñían mis huellas del color marrón de las suelas de mis
zapatos. En cuanto empecé a notar burbujas en mi piel salí corriendo en
busca de alguna zona que el agua no tocase; bajo aquel árbol encontré
cobijo por un tiempo, hasta que se deshizo.
La imagen era desoladora, todo cuanto mi vista alcanzaba estaba cubierto por aquella espuma blanca, observaba montículos que yo suponía árboles o rocas en plena efervescencia. La lluvia se lo fue llevando todo y sólo quedaba yo, desnuda y con frío.
Debió darme fiebre y caí dormida. Cuando desperté todo estaba cubierto por hierba verde, incluso yo misma. Intenté andar, pero no pude, me habían crecido raíces en los pies.
La imagen era desoladora, todo cuanto mi vista alcanzaba estaba cubierto por aquella espuma blanca, observaba montículos que yo suponía árboles o rocas en plena efervescencia. La lluvia se lo fue llevando todo y sólo quedaba yo, desnuda y con frío.
Debió darme fiebre y caí dormida. Cuando desperté todo estaba cubierto por hierba verde, incluso yo misma. Intenté andar, pero no pude, me habían crecido raíces en los pies.
Esta descripción me encanta, Marta. Me he deshecho yo también con ella. Ahora quiero ser verde hierba!
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