Las esquinas de la estancia se iban acercando conforme la expansión avanzaba. Sentía todos los átomos dilatándose y extendiéndose hacia todo a mi alrededor. Estaba volátil y segura de que, si se hubiese abierto aunque fuese una sola rendija de una ventana, iba a salir disgregada hacia fuera. Mi cuerpo estaba allí, lo podía ver desde el techo, casi en convulsión- pero paralizado. Respiraba agitado y tenía el corazón latiendo más fuerte y rápido de lo que acostumbraba. A lo largo del esternón, y hacia el estómago, se comprimían unas manos invisibles que transmitían una sensación de insuficiente oxígeno en los pulmones. Los pies tamborileaban de tanto en tanto, casi como tics nerviosos. La mente en blanco. No podía pensar nada, decir nada, ser nada. Parálisis. Tierra, trágame. Cuerpo, deshazte, y hazte parte de los coloides del suelo. Déjame ser todo lo posible desde la mínima expresión. Que de mí crezca la hierba, que se ponga verde, que me salgan flo...
I Los portazos resonaban siempre creando una especie de eco en el pasillo, haciendo retumbar las paredes y titilar las copas en el armario del salón. ¿Cuánta veces habría aguantado la respiración? Después un torrente salado, las lágrimas le cruzaban la cara hasta encharcar el suelo. II En un claro de bosque, bajo el ciruelo que el troll había zarandeado, se oían los gruñidos lascivos, mientras se relamía engullendo toda la fruta que le cabía en su enorme y redonda barriga. Después, con los labios rezumando almíbar, soltaba un enorme eructo que espantaba a los pocos pájaros que, tan curiosos como atentos, se habían quedado a observar. La abundancia del frutal era tal que, a pesar de tan incontrolado asalto, aún quedaban frutas maduras en las ramas, en el punto ideal para consumirlas. Brillaban sus hojas con la luz del sol, la luna, o los relámpagos en las gotas siempre brillaban. III Resplandecían las lágrimas que seguían cayendo, iluminadas por todas las lu...
No voy cuesta abajo pero, sin embargo, está este movimiento inercial que me lleva constante en la misma dirección, con un rozamiento despreciable. En aquel momento, que dejé atrás, elegí este rumbo, lo tomé a conciencia, y cogí el impulso justo que me mantiene ahora en ruta. ¿Debería pararme? Me da un aire especial en la carita, fresco y agradable, me siento yo, en libertad… Pero realmente no sé hasta qué punto estoy eligiendo seguir o, simplemente, no soy capaz de optar por parar y consultar mi brújula interior. “La inercia acabará muriendo, cesará la vibración. Se irá apagando el movimiento, se disipará el calor.”
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