Miró atrás un momento y luego se acercó hacia la orilla del mar, dejó que mojase sus pies cansados.
Se sentó a esperar que un rayo de luna le iluminase las ideas y ordenase todo lo que parecía desordenado.
Las olas sonaban rompiendo el vacío del sonido, y su rumor le fue llenando de calma. En el retroceso del agua todas las inquietudes se fueron retirando, cada ola limpiaba lo que la anterior no había conseguido llevarse. Incansables, incesantes.
Las estrellas brillaban tintineantes, la luna estaba en lo alto, pero las horas fueron pasando y La Tierra siguió rotando, cambiando la perspectiva.
La luna ya caía y al borde del mar, a lo lejos, se vislumbraba la primera luz de un nuevo día.
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