Las huellas del camino.
Con los pies descalzos, endurecidos por el calor de las piedras que abrasan, la grava que se clava, el agua, la tierra...
Pasaba corriendo de piedra en piedra por el camino del jardín, me las conocía de memoria, orgullosa me retaba a mí misma cuando trataba de cruzar el tramo hasta el trastero con los ojos cerrados. Y lo conseguía.
En verano, justo antes de las vacaciones, llegaba a casa, tiraba la mochila al borde de la piscina y me lanzaba, con ropa, a refrescarme. Carcajadas.
Me encantaba jugar a hacer hogueras espirituales y rituales secretos con Lucía. Lavanda, palitos de brezo, piedras y cera de velas.
Clavos que simbolizaban seres queridos y que clavábamos para recordarlos siempre, para que perdurasen-pero nada dura para siempre.
Disfrutaba tanto despertándome y desayunando al fresco mañanero, pisando las traviesas del huerto... Se me llenaban las plantas de resina que luego me cubría con tierra para quitarla de mi piel.
A veces, antes de dormir, "me escapaba" por la ventana y me tiraba en el jardín a mirar las estrellas. Me subía a algún árbol y me sentía salvaje y feliz.
La loza mojada cuando limpiábamos el suelo del porche desprendía en verano un frescor exquisito ... Aunque hubiese que volver a pasar la manguera por donde pisaba.
Todo estaba lleno de texturas que a mis pies libres le fueron enseñando mil cosas. Lo suave de la dicondra (con el peligro de las avispas...), las piedras puntiagudas, o las redondeadas. La pizarra del camino al gallinero que quemaba con el sol, el césped y el borde de la piscina. El agua en el primer peldaño...
Pasaba corriendo de piedra en piedra por el camino del jardín, me las conocía de memoria, orgullosa me retaba a mí misma cuando trataba de cruzar el tramo hasta el trastero con los ojos cerrados. Y lo conseguía.
En verano, justo antes de las vacaciones, llegaba a casa, tiraba la mochila al borde de la piscina y me lanzaba, con ropa, a refrescarme. Carcajadas.
Me encantaba jugar a hacer hogueras espirituales y rituales secretos con Lucía. Lavanda, palitos de brezo, piedras y cera de velas.
Clavos que simbolizaban seres queridos y que clavábamos para recordarlos siempre, para que perdurasen-pero nada dura para siempre.
Disfrutaba tanto despertándome y desayunando al fresco mañanero, pisando las traviesas del huerto... Se me llenaban las plantas de resina que luego me cubría con tierra para quitarla de mi piel.
A veces, antes de dormir, "me escapaba" por la ventana y me tiraba en el jardín a mirar las estrellas. Me subía a algún árbol y me sentía salvaje y feliz.
La loza mojada cuando limpiábamos el suelo del porche desprendía en verano un frescor exquisito ... Aunque hubiese que volver a pasar la manguera por donde pisaba.
Todo estaba lleno de texturas que a mis pies libres le fueron enseñando mil cosas. Lo suave de la dicondra (con el peligro de las avispas...), las piedras puntiagudas, o las redondeadas. La pizarra del camino al gallinero que quemaba con el sol, el césped y el borde de la piscina. El agua en el primer peldaño...
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