Sueño de la noche del 27 de Enero.

La casa está construida sobre una tierra rojiza llena de nutrientes. La rodean plantas exuberantes y verdes, que florecen en primavera y dan colores vivos selváticos.

Pero sus materiales son parecidos a cartón piedra, si subes al segundo piso pareciera que el suelo se va a hundir bajo tus pies. Si saltas ahí oirás cómo un sonido seco retumba. 
Hay goteras en la pintura blanca del techo, y humedad que llena el ambiente de un olor mohoso.
¿Cómo pretenden venderla en este estado?

Salimos las tres a la calle, al final hay un mar azul intenso, con un cielo gris brillante. Se siente bochorno en el ambiente. El mar se extiende más allá de lo posible hacia un lado y otro.
Hay gente que se baña, se oyen voces que no entiendo, alegres personas sonriendo, gritando felices.
Entonces Lucía se está bañando, y Patricia está a mi lado mirando hacia el agua con el mismo gesto que tenía yo hace un momento: totalmente embelesada y concentrada en la atmósfera intensa del momento. Me quito la botas para bañarme yo también. Y, justo mientras bajo la cremallera, se hace un silencio espectral, no suena nadie y sólo queda el sonido de un mar que se está enfadando, un mar que se retira y a lo lejos crea un oleaje bravo y fiero. 

Levanto la vista y  de nuevo hay sonidos humanos, sonidos de los que intentan salir y respirar porque se están ahogando. Miro a mi hermana y su gesto se mantiene, el mismo embelese hacia el mar, hipnotizada por un mar asesino que se nos acerca con promesas de muerte.
¡Corre, Patricia, nos tenemos que ir! 
Lucía está dentro del mar y sé que no puedo entrar y salvarla, porque si entro yo también estoy perdida, no puedo entrar. Con el peso de la realidad cojo a mi hermana mayor de la mano y tiro un poco hasta que, aun en un trance hipnótico, empieza a correr a mi lado, calle arriba.

El mar ruge y sé que hemos dejado atrás a muchas personas que ha ido engullendo.
Seguimos corriendo, ya no sé por dónde; cuando, de repente, (obviamente) Lucía ha conseguido salir del mar y a mi lado corre, se salva.

Las tres llegamos a una zona alta desde la que podemos ver el mar a lo lejos, que amenaza con alcanzarlo todo y llenarlo de muerte. Por un rato estaremos a salvo.

Así pues cogemos aire y nos calmamos, o más bien: me calmo. Ellas siguen en trance, hipnotizadas por algo que no entiendo y sin que yo pueda remediarlo de ninguna manera.

Desde lo alto de este monte, mientras empieza a caer el sol y se vuelve anaranjado el cielo y todo es transparente, sigo oyendo el sonido del mar de fondo. Ya con la certeza de que tardará en llegar.
Miro a mi alrededor y puedo ver unos sombrajos de tablas de madera maciza, hay varios en la zona y parecen zonas agradables para pasar el rato. Me fijo con más detenimiento y veo como en el más grande de los sombrajos hay unas cuatro mujeres hablando relajadas(también hipnotizadas). Si te fijas, bajo cada sombrajo, hay una mujer, o varias.
Oh, me horrorizo. Están atadas  por las muñecas y no pueden irse. De nuevo me invade una sensación de miedo y vuelvo a entrar en alerta. Me fijo y hay tres sombrajos sin ocupar, en ese momento me quedo sola y mis hermanas se dirigen cada una a un sombrajo distinto de los que están vacíos. No hay miedo en sus gestos, no hay gestos en sus rostros. 

Por un camino que se extiende a lo lejos veo una motocicleta que avanza a un ritmo constante. Ya lo sé, ese hombre viene a atarnos a nuestros sombrajos. 
¡No puedo permitirlo, qué hago! Las atan, atan a mis hermanas y yo no puedo hacer nada, no me escuchan, están hipnotizadas y aceptan su destino sin rechistar. 

Pero a mi no, a mi no me van a atar, yo no estoy en trance, yo sé lo que está pasando. ¿Por qué ellas no se dan cuenta? ¿Qué está pasando?



7.40 am, 28 de Enero de 2017.
Despierto, fin del sueño.

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