Me caen gotas de ducha, como gotas de lluvia. Se me eriza todo el cuerpo, me muero de frío todavía, el vapor lo va inundando todo alrededor y se empañan los cristales y el espejo del baño.
No sé ni dónde estoy cuando cierro los ojos y dejo que el agua me recorra y me caliente la piel, enfrío la cabeza y estoy en blanco. Oigo el agua caer, con el eco, y me siento en medio de una cascada aislada de todo lo que existe, más allá de lo posible. Respiro agitadamente, el agua me entra en la boca y un poco en la nariz, sin llegar a ser desagradable. El sonido constante de lo que fluye me va llevando a un trance.
Tengo pegada la melena al cuello, a mis carrillos ardientes, me roza casi la espalda(tanto me ha crecido); inclino la cabeza hacia atrás y disfruto del roce de mi pelo, parece un pincel pintando el lienzo de mi espalda. Azul resbala por mi espalda como acuarela.
Poco abro los ojos y la imagen distorsionada de los azulejos me va transportando a la realidad.
El aire saturado de agua me pesa en los pulmones, y me ruboriza las mejillas del calor.
Cuando salgo el vapor se libera en el resto de la casa y se disipa, la lluvia sigue fuera.
Ya no tengo frío.
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