Estuve pensando durante un tiempo que quizás me había equivocado: este no era mi camino.
A veces sigo llegando a la misma conclusión, me asaltan las dudas existenciales de siempre y me abruma el absurdo de la vida, de la muerte. La conciencia humana está por encima de nuestra capacidad intelectual. Me explico: casi vislumbramos el sentido -nuestras motivaciones son realmente propias del instinto más profundo de cualquier animal- pero, en sí misma, la conciencia nos convierte en una especie absurda y desconectada de lo natural.
Las reglas sociales, las leyes, los convencionalismos y las costumbres, las culturas, son todo un conglomerado añadido que, quizás, no debería existir. Nos contiene, nos calma y nos pone límites, pero también: nos encorseta, nos encierra y nos condena a la más cruel de las realidades.
Nuestra capacidad de amar...¡oh! ¡El amor! Otro absurdo que nos tenía preparado la aleatoria lotería de la existencia. Qué fantasía vivir y querer, y ¡qué condena!
Me aburre y me fascina la vida, menuda dicotomía más propia de mi humanidad... Detesto todo, y esta capacidad de detestarlo más que ninguna otra cosa.
Así que da igual que este camino sea el mío o no lo sea, da igual si sufro o si me equivoco.
No importa que pueda o no amar, o que el desamor me rodee sin rozarme. No hay ninguna trascendencia en la existencia humana. No importa nada.
"Podría ser un animal Un pez espada, una paloma No pensaría en estas cosas Me moriría y ya está."
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