Este año ha sido tan relevante para mí que lo vengo acabando con casi todas las luces apagadas.

Ha estado cargado de decepciones continuas, primero hacia la que era (quizás siga siendo, no lo sé) mi profesión, y luego hacia las relaciones personales. La sociedad ya no puede decepcionarme porque ya no espero nada de ella, aunque conservo la rabia que surgió en cada decepción.

Esta forma de fortaleza interna, la rabia, me mantiene a veces a flote, incluso a pie de cañón, otras veces me hunde en mis propias tinieblas de luces apagadas. La rabia puede ser poderosa, pero es fugaz en cada uno de sus instantes. Me deja vacía y débil.
Soy una Marta vacía y débil, rabiosa.

Cada vez estoy más convencida de la absurdez de nuestra especie. Cerramos los ojos y apagamos luces para no ver. Nos mueven el amor y el miedo, que quizás son la misma cosa.

Creo que esto acabará y volveré a ser una Marta fuerte y débil de forma equilibrada. Cuando se vaya la rabia y, poco a poco, encienda las luces tendré miedo de ver qué puedan alumbrar, pero no tendré otra opción que mirar directamente todo mi desastre y empezar a reconstruir, como si tuviese algún sentido.




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