Aquellas noches que pasé durmiendo con Ruperto volví a hacerlo en calma. Entre mis brazos su pequeño cuerpo ocupaba los vacíos y desplazaba al desconsuelo. Me otorgaba una sensación de acompañamiento tan real y tan constante que incluso se me escapaba una sonrisa.

Por la mañana al despertar todo volvía a ser real y, aunque las sombras ya no estaban, mis miedos seguían presentes. Mi gata maullando, marcándome con la mejilla, me pedía su lata de comida húmeda de cada mañana. Me necesitaba y yo tenía que estar ahí para ella, pasase lo que pasase.


                                                                                                                    Agosto 2019



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