Celia va caminando despacio por el sendero a casa, no deja de darle vueltas a la cabeza y se pregunta hasta cuándo seguirán pasando los días sin importancia. La belleza alrededor es absoluta, corre la brisa de la primavera y el sol poco a poco se oculta tras los árboles que crecen a esta y aquella orilla del río; a lo lejos puede ver aves migratorias llegando desde tierras lejanas para pasar aquí el verano.
Y se pregunta si no podría ser ella como una de esas aves, y volar muy lejos cuando el frío emocional la quema por dentro.

Está vacía en el centro de un remolino gigantesco, todas las cosas se precipitan hacia ella en espiral; pero ella sigue ahí parada, sin sentir nada y a punto de consumirse al derretir toda la cera, como la mecha finita que no para de arder.

Aquí dobla el sendero, y ella atraviesa ahora el prado en la dirección que traía, se desvía de lo trazado. Algunas malas hierbas que han crecido le pinchan los tobillos y probablemente le producen urticaria. Sigue colina arriba impasible, ritual diario.

Celia está cansada, los mismos olores y las mismas luces de siempre. Las mismas sombras y los mismos fantasmas escondidos entre las rocas.
 Eh, Celia, ¿hoy no me das un besito?
 Oye, guapa, ven, ¡pasemos un buen rato juntos!
 Niña, sonríe un poco que pareces más muerta que nosotros.

Los mismos fantasmas. Pero Celia ya no es la que conocemos. Pronto la veremos recoger todas sus cosas y marcharse, sin volver ya nunca a respirar este aire-viciado de tantas cosas.
Pronto la veréis pasar y pensaréis que a la caída del sol su dulce figura vendrá como flotando entre las flores del campo, como siempre.
Pero no habrá un ocaso como este en el transcurso de lo que viene. Ella ya se ha ido.

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