Estaba andando por aquella llanura vacía que no ocultaba nada.
Había una brisa como de mar, templada y salada, a lo lejos más llanura, mirara donde mirara.

De repente sonó un trueno y mil pájaros salieron volando, no sé de dónde. El cielo se tornó oscuro y las nubes hacían remolinos de luz y relámpagos.

Seguí andando y encontré, sin esperarlo, un agujero en una roca. Entré en la cueva y comencé a bailar, la música salía de entre las grietas y había risas rozándome la piel. Una luz cálida iluminaba la estancia, aunque no vi ningún fuego. Sentí hambre y quise comer,  no encontraba ningún alimento pero mi boca sentía los sabores que yo más apreciaba. Mi estómago empezó a sentirse satisfecho en poco tiempo.

Anduve dentro de la cueva y encontré un río de aguas cristalinas, quise bañarme y me vi sumergida. El agua era fresca pero yo no sentía frío, así me dejé llevar por la corriente. Revoloteaban mariposas moradas alrededor de mi cuerpo, iluminaban como luciérnagas el curso del río...

Entonces llegué aquí, este remanso tan vivo. Y salí del agua, en seguida estuve seca y calentita.
Me tumbé en una hamaca entre dos higueras y dormí largo rato.
Entre la vegetación oí una voz y eras tú, que llamabas. Yo no entendía de dónde habías salido si yo no te esperaba, qué contrariedad.

Entonces miré bien dentro y entendí que, en realidad y como todo lo demás, eras justo lo que necesitaba.

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