Círculo cerrado.
I
Y cuando empezó a llover, todo a mi alrededor empezó a burbujear con el murmurar de lo que efervece.
Las piedras empezaron a deshacerse, el suelo era ya una espuma blanca humeante de vapor; mis pies, que lo pisaban, teñían mis huellas del color marrón de las suelas de mis zapatos. En cuanto empecé a notar burbujas en mi piel salí corriendo en busca de alguna zona que el agua no tocase; bajo aquel árbol encontré cobijo por un tiempo, hasta que se deshizo.
La imagen era desoladora, todo cuanto mi vista alcanzaba estaba cubierto por aquella espuma blanca, observaba montículos que yo suponía árboles o rocas en plena efervescencia. La lluvia se lo fue llevando todo y sólo quedaba yo, desnuda y con frío.
Debió darme fiebre y caí dormida. Cuando desperté todo estaba cubierto por hierba verde, incluso yo misma. Intenté andar, pero no pude, me habían crecido raíces en los pies.
II
Me miraba las raíces, me las ingeniaba para desencajarme los hombros (que sonaban a musgo arrancado) y tocar un poco otras hierbas que crecían.
No paraba de cuestionarme si entre tanto montículo habría alguien más atrapado, si yo parecía un montículo, si me iba a morir o las cosas iban a cambiar.
El paraje estaba desolado, sólo podía escuchar el aire que silbaba entre las formas, el sol agrietándome el sustrato...
Y dejé de pensar, cada vez más en blanco. Y dejé de sentir, más inerte a cada momento.
Dejé de ser, dejé de existir.
Todo cubierto de hierba verde.
III
Salí de mi letargo, algo estaba arañando mi cráneo, pareciera que una alimaña cavaba una guarida. Yo un refugio, quién podría imaginarlo. Era un sonido martilleante sobre mi cabeza, me daba miedo.
Hace tiempo que había dejado de sentir, resignada a mi nueva realidad, me costaba entender lo que podía haber en el exterior.
Hace tiempo que había dejado de sentir, resignada a mi nueva realidad, me costaba entender lo que podía haber en el exterior.
Entonces me fijé, y la hierba verde estaba seca, y habían surgido unas flores blancas diminutas, escuchaba el libar de las abejas y pude entender que el tiempo había pasado y yo seguía en el mismo sitio. Pero nada se mantenía constante.
Quise salir, después de todo había tomado fuerza sin saberlo. Mi cuerpo osmotizaba con el medio y era puro sustrato.
Y levanté las manos, desgarré la tierra, y sentí el aire fuera. Fui emergiendo a una nueva realidad. Y todas las alimañas corrieron sorprendidas.
Ya no importa de dónde venía, no soy la misma. En mí las semillas brotan, nutridas tras el barbecho, ya no soy un campo yermo. Y veo plumas caer y alas elevarse.
Y todo lo demás no importa.
Ay Marta, eres un libro abierto!. Te quiero. No dejes nunca de escribir
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