13/09/2017
Tenía tanto sueño que no pude seguir luchando contra él, al cabo de unos minutos mis ojos se entrecerraban y me pesaban los párpados.
Por eso decidí tumbarme allí mismo, en el muelle. Escuchaba el sonido de las olas que me sumergía en ensoñaciones y recuerdos. La brisa -siempre la brisa- me inducía a la calma y el sol mantenía una temperatura ideal.
Entonces soñé mil años que aún no recuerdo, mi corazón marcaba el ritmo de las cosas y mi respiración oxigenaba el aire de aquellos parajes- como el aire al fuego. Las acciones se sucedieron y yo crecí por dentro, aunque por fuera seguía en el muelle, dormida.
Cuando desperté vi que sólo habían pasado unos minutos. Entonces, calmado ya el cansancio, volví a cerrar los ojos y relajé la mente, sincronizando mis pulmones con el mar. El olor a salitre me recordó a mi infancia, mis hermanas y mis padres.
Al cabo me incorporé, y poco después me fui a casa.
Todo seguía como siempre.
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