Necesito volver a casa.

Y despertarme con los ruidos en la cocina, el olor a café. Echo de menos cuando tomábamos tostadas los fines de semana: ajo, aceite, tomate y sal. Los zumos de naranja a toma prisa, para que no se les fuesen las vitaminas. Naranjas recién exprimidas.

Me apetece profundamente conducir entre encinas, escuchar a Extremoduro inundando el coche. Que Lucas me salude feliz, cuando me planta sus enormes patas llenas de barro. Soltar a las gallinas y sentarme al sol. Ayudar a mi padre a regar toda la parcela, a cargar sacos de cemento, a arrancar jaras para poder plantar arbolitos, o simplemente buscar espárragos.

Quiero pasar la tarde calentitos en el sofá. Acabar tirada en la alfombra, o directamente en el suelo con Alfa encima (¡niña, no dejes que haga eso que te llena de pelos!).

Cantando a dos voces con Lucía, mientras Orión sobrevuela y los periquitos nos hacen coros gorgoteantes. Bailar las dos con Patricia delante del espejo, y reírnos sin parar, sin tregua a las abdominales.

Despedirme de los días antes de dormir con mi madre, en su camita.








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